Entrevista 2020 > Ricardo García Vilanova


3er Premio, fotografías individuales, categoría Naturaleza.

Ricardo García

El catalán Ricardo García Vilanova es uno de los fotógrafos nacionales que han sido galardonados este año por World Press Photo. Premio largamente merecido, tras dos dos décadas como fotorreportero freelance, y también videógrafo, trabajando para los principales medios de comunicación y organizaciones humanitarias internacionales e informando por ejemplo acerca de la Primavera Árabe o sobre los conflictos en Libia, Irak, Kurdistán o Siria, llegando incluso a sufrir un largo secuestro en este último país, y siendo uno de los mayores expertos en el auge y caída de Estado Islámico, como bien reflejaba en “Fade to Black”, uno de los libros que ha publicado con Editorial Blume. 

Este embajador de Fujifilm, como X-Photographer, ha ganado ya prácticamente todos los concursos internacionales de fotoperiodismo, pero es crítico con la situación actual del sector, lo que no impide que siga ingeniándoselas para ir allá donde está la noticia. Venía directo del acallado conflicto de Nagorno-Karabaj, cuando, a mediados de noviembre de 2020, vino a inaugurar la exposición World Press Photo 2020 en Barcelona, aprovechando además para firmar unos catálogos que puedes obtener en este sorteo. Pero dejemos que sea él quien nos hable de su trabajo.

Obtuviste un World Press Photo con una dramáticamente bella imagen de la revolución Tishreen en Irak. ¿Cuál es el contexto de esa fotografía?

Forma parte de los viajes que realicé a Irak para explicar todo lo que estaba sucediendo en esas protestas: que han dejado más de 600 muertos y, sin embargo, han pasado bastante inadvertidas en Occidente. Tanto es así que esa imagen ahora premiada no llegó a publicarla ningún medio…

El motivo de las protestas era que se trata de una sociedad de gente muy preparada, que necesitaba hacer un cambio, porque no había opciones de trabajo ni un buen futuro y sentía que se extinguían sus oportunidades. Ese descontento se organizó en forma de protestas, que empezaron en octubre de 2019, y contra las cuales hubo una represión tremenda.

Concretamente, esa imagen está hecha uno de los muchos días en que por la tarde se incrementaba la dureza de la respuesta gubernamental. Ese día hubo fuego real, además de gases lacrimógenos. Y creo que el herido que la protagoniza lo fue por gas, pero no estoy seguro porque tuve apenas dos segundos para captar la imagen. Recuerdo que había varios tuk-tuks, que eran utilizados como ambulancias. Con ellos llevaban a los heridos al hospital de primera línea, que estaba a uno o dos kilómetros… Tuve el tiempo justo de hacer la foto y evidentemente el tuk-tuk salió inmediatamente. 

Un hombre ayuda a otro manifestante que ha quedado inconsciente tras haber sufrido un ataque con gas lacrimógeno y granadas de humo por parte de las fuerzas gubernamentales, durante una protesta en Bagdad, Irak, el 15 de noviembre de 2019.
© Ricardo García Vilanova.
Las protestas comenzaron en Irak el 1 de octubre tras el fracaso del Gobierno del país en solucionar la falta de empleo, ofrecer servicios públicos básicos y acabar con la corrupción. Los manifestantes llegaron a pedir su dimisión y una revisión total del sistema político, impuesto por Estados Unidos en el año 2003 después de que los norteamericanos invadieran Irak e hicieran caer al régimen de Saddam Hussein. Las fuerzas gubernamentales respondieron a las protestas de forma extremadamente violenta, disparando balas reales y lanzando gas lacrimógeno y granadas de humo directamente contra los manifestantes, según informes de testigos presenciales entregados a Amnistía Internacional. El 29 de noviembre, la ONU declaró que, por lo menos, 354 personas habían perdido la vida y  8.104 habían resultado heridas desde el inicio de las protestas.

La fotografía recuerda un poco al cuadro “Santo entierro” de Caravaggio… 

La posición sí, recuerda al cuadro de Caravaggio, pero fue algo totalmente casual. De repente el manifestante estaba desvanecido y alguien lo puso encima de otro que también parecía que estaba herido, y como digo apenas tuve el tiempo de tomar esa imagen y nada más.

¿Qué te parecen el resto de imágenes premiadas en World Press Photo 2020?

He podido verlas todas y, obviamente, el concurso hace honor a su renombre: la calidad de los trabajos del resto de compañeros es absolutamente innegable. Es cierto que al final, con tanta presencia y tantos trabajos, siempre uno se pregunta por qué unos sí y otros no. Porque realmente pienso que hay muy buenos trabajos que se quedan fuera de este concurso, o de muchos otros concursos. Pero, al final, en los concursos evidentemente hay que elegir, y eso significa desestimar o descartar.

Por otro lado, creo que una de las cosas muy buenas que tiene World Press Photo es que muestran problemáticas en el mundo que a veces prácticamente no se han conocido en Occidente, como la que refleja mi fotografía. Desde esa perspectiva, lo considero muy positivo, porque están dando visibilidad, porque el fin del concurso entiendo que acaba siendo dar difusión a esas problemáticas. En mi ejemplo, al destacar una fotografía no publicada, al menos la gente puede llegar a entender que algo está pasando en Irak. Porque vuelvo a insistir: en Occidente pasó prácticamente desapercibido que hubo 600 personas asesinadas en unas manifestaciones del todo pacíficas.

Durante la presentación de World Press Photo en Barcelona hablaste de cómo se ha ido complicando la labor de los fotoperiodistas a medida que los medios de comunicación dejan de sufragar vuestros gastos, derivando en una perspectiva mucho más reducida de lo que ocurre en el mundo. ¿Cómo incide en esto la emergencia sanitaria global actual?

La pandemia ha hecho mucho más difícil el acceso y el trabajo en zonas de conflicto. Básicamente porque los precios se han incrementado y las dificultades también son mayores. Y al mismo tiempo hay una menor demanda de estas historias, precisamente porque la información sobre el COVID copa buena parte de las noticias. Ahora hay que seleccionar muy bien los proyectos, ya no digo para rentabilizarlos sino simplemente para amortizarlos. 

¿En qué proyectos trabajas actualmente?

Por una parte he estado tratando de dar cobertura a la crisis del COVID a nivel nacional, como parte de un proyecto con otros fotógrafos de aquí y de Latinoamérica (se reflejará en el libro “Pandemia. Miradas de una tragedia», ahora mismo está en fase de micromecenazgo y cuyos beneficios se destinarán a las familias de reporteros fallecidos durante la crisis sanitaria).

Aparte, sigo trabajando en los tres países donde tengo ya un historial de 10 años: Irak, Siria, Libia. A largo plazo, estoy desarrollando la era posterior a ISIS y todo lo que pasa al margen de ello, como las revoluciones que se dan. Y, paralelamente, voy tanteando opciones de trabajo en otros países que hace años que no trataba, como Afganistán, donde recientemente ha habido grandes cambios. Básicamente, pretendo montar esa red o estructura que te permite dotar a los proyectos del trasfondo y la identidad propios del largo recorrido.

¿Cómo afectan emocionalmente tantos años viviendo la guerra en primera línea, enfrentado al horror de sus consecuencias, llegando incluso a ser secuestrado como a ti te ha ocurrido?

Yo creo que nuestro trabajo es básicamente ser transmisores de las historias de todas esas personas que sufren en primera persona esos conflictos. Y, como tal, siempre he considerado irrelevante el hecho de cómo nosotros superemos o administremos todo ese tipo de emociones porque realmente nadie nos obliga a hacer este tipo de trabajo y somos absolutamente libres de ir o no a esos sitios, o incluso de elegir el punto hasta el que queremos adentrarnos, sea en primera línea o en retaguardia, donde los riesgos no son para nada los mismos. Por eso me parecería poco respetuoso explicar cómo me siento, porque la elección es mía y realmente la gente que sufre esos conflictos son los que no tienen otra opción más que vivirlos.